La promesa de los pobres y la realidad de los precios

 

La promesa de los pobres y la realidad de los precios




Durante años, el discurso oficial repitió una idea seductora: “primero los pobres”. Era una consigna poderosa porque apelaba a la justicia, a la dignidad y a la reparación histórica. Pero hoy, en la vida cotidiana de millones de mexicanos, la realidad golpea con una crudeza difícil de maquillar: todo está más caro. El jitomate, la gasolina, la canasta básica, el transporte, los servicios. La promesa de alivio se convirtió en una economía de asfixia.

La contradicción es evidente. Un gobierno que se presentó como defensor de los sectores más vulnerables terminó dejando al ciudadano común en una situación más frágil frente al aumento sostenido de precios. El problema no es solo que los costos suben; es que suben en un contexto donde el salario no alcanza, la política pública no compensa y la narrativa oficial insiste en negar la magnitud del daño. Así, la inflación deja de ser una estadística y se convierte en una experiencia doméstica: el gasto cotidiano se vuelve una batalla.

El precio de la simulación

La gasolina es uno de los símbolos más visibles de esta contradicción. Se prometió soberanía energética, autosuficiencia y una ruta distinta a la dependencia histórica. Sin embargo, la realidad ha obligado a corregir el discurso. El gobierno que decía que no recurriría a ciertas prácticas terminó abriendo la puerta al fracking, una señal inequívoca de que la narrativa original no resistió la presión de los hechos.

Eso revela algo más profundo que una simple rectificación técnica. Muestra que la política energética fue, en buena medida, una promesa construida para ganar legitimidad, no una estrategia diseñada para sostenerse en el tiempo. Cuando el poder promete independencia energética pero termina recurriendo a los mismos mecanismos que antes criticaba, el resultado no es soberanía: es improvisación.

La canasta básica como termómetro moral

Si la gasolina sube, sube todo lo demás. El jitomate, los alimentos de primera necesidad, los costos de transporte, los insumos agrícolas y los productos cotidianos terminan reflejando una economía donde la presión inflacionaria se filtra por cada rincón del hogar. Por eso la canasta básica es el verdadero termómetro de un gobierno: ahí se mide si el discurso social se traduce en bienestar o solo en propaganda.

Lo grave no es únicamente el encarecimiento. Lo grave es la desconexión entre el relato y la experiencia real. Mientras el discurso político insiste en que se protege a los pobres, la familia común descubre que su dinero compra menos, que el mercado castiga más, y que la promesa de justicia distributiva no se siente en el supermercado ni en la gasolinera.

Reagan y la ironía de la inflación

La frase atribuida a Ronald Reagan sigue siendo brutalmente útil: “La inflación es el precio de los gastos del gobierno que pensabas que eran gratis.” La cita no es un adorno intelectual; es una advertencia. Todo gobierno que promete resolverlo todo sin costos termina trasladando esos costos a la sociedad por otra vía: inflación, deuda, escasez, deterioro del poder adquisitivo o pérdida de confianza.

Esa es la gran paradoja de la llamada Cuarta Transformación. Quiso presentarse como una ruptura moral frente a la vieja política, pero terminó reproduciendo una de sus peores costumbres: decirle a la gente lo que quiere oír, aunque la realidad económica tarde o temprano desmienta el relato. El costo de la promesa gratuita siempre aparece después, y casi nunca lo paga quien la hizo.

El país del “primero los pobres” que encarece la vida

Hoy, México vive una contradicción política y moral. Se habló de justicia social, pero se normalizó la carestía. Se habló de soberanía, pero se aceptó la dependencia. Se habló de protección popular, pero se dejó al ciudadano más expuesto al alza de precios. Y se habló de transformación, pero muchas familias sienten que lo único que transformó el gobierno fue el tamaño del gasto cotidiano.

La inflación no es solo una variable económica. Es una forma de poder. Cuando un gobierno pierde control sobre los precios, o cuando los utiliza narrativamente sin resolver sus causas estructurales, termina erosionando su legitimidad. Porque no hay discurso suficiente para compensar el hecho de que el bolsillo ya no alcanza.

La pregunta entonces no es si hubo buenas intenciones. La pregunta es por qué tantas promesas terminaron en una vida más cara. Y la respuesta parece incómoda, pero necesaria: porque se confundió justicia social con propaganda, soberanía con retórica y abuso con capacidad de gobierno.

México no necesita más consignas. Necesita resultados. Y hoy, para millones de hogares, la verdad es simple: la Cuarta Transformación les prometió alivio, pero les dejó una realidad más cara.

Erick Xavier Huerta S.

Periodista, consultor y promotor de desarrollo humano y social
Comunicación política | | Liderazgo consciente
Incidencia pública y transformación social

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