Morena en León: la falsa certeza de una victoria anunciada
Morena en León: la falsa certeza de una victoria anunciada
Por Erick Xavier Huerta S.
Hay una diferencia fundamental entre tener presencia institucional y contar con respaldo ciudadano. Morena posee senadores, diputados, voceros y estructuras políticas; pero eso no significa que haya conquistado la confianza de León. La insistencia de algunos de sus representantes en presentarse como favoritos para la próxima elección parece menos una lectura de la realidad que un ejercicio de propaganda anticipada.
La evidencia electoral obliga a moderar el triunfalismo. En 2021, Ricardo Sheffield perdió la elección municipal de León frente a Alejandra Gutiérrez: la candidata panista obtuvo 312 mil 660 votos, frente a 110 mil 604 del candidato morenista. En 2024, la diferencia volvió a ser amplia: Alejandra Gutiérrez alcanzó 363 mil 961 votos, mientras Vanessa Montes de Oca obtuvo 178 mil 636.
Es decir: Morena no perdió León en un momento de debilidad marginal. Perdió cuando su marca nacional se encontraba en uno de sus mejores momentos, cuando el liderazgo de López Obrador tenía una capacidad de movilización extraordinaria y cuando el partido todavía podía presentarse ante amplios sectores como una alternativa de renovación. Si en esas condiciones no logró conquistar la ciudad, resulta políticamente ingenuo suponer que bastará con repetir el discurso de la victoria para ganar en el futuro.
La soberbia de los voceros
Los anuncios de una victoria inevitable cumplen una función interna: disciplinar a los grupos, instalar aspiraciones y convencer a la militancia de que la candidatura ya está encaminada. Pero la ciudadanía no vota por la seguridad con la que un senador declara que ganará. Vota por confianza, arraigo, resultados, credibilidad y capacidad de representar una alternativa.
Morena puede tener acceso a tribunas legislativas y espacios de representación, pero ninguna posición plurinominal sustituye el trabajo territorial. Ningún discurso desde el Senado reemplaza la escucha cotidiana en colonias, comunidades y sectores productivos. Y ningún vocero puede convertir una pugna interna en consenso social mediante declaraciones triunfalistas.
La política no se gana por decreto.
La disputa por el control
La reciente confrontación entre Ricardo Sheffield y Emmanuel Reyes revela que la disputa por León no es únicamente electoral: también es una lucha por el control de la estructura partidista y por la definición de las candidaturas rumbo a 2027. Sheffield cuestionó públicamente la aspiración de Reyes, entre otros argumentos, por su falta de residencia en León; Reyes, por su parte, ha manifestado su interés en competir por la alcaldía.
Más recientemente, Sheffield acusó a Reyes de presunto financiamiento vinculado con La Luz del Mundo para impulsar su imagen; se trata de un señalamiento que debe ser investigado y respondido por las autoridades competentes, no convertido automáticamente en sentencia política. Precisamente ahí se encuentra uno de los problemas de Morena: sus grupos se acusan entre sí, pero rara vez ofrecen a la ciudadanía una explicación completa sobre los recursos, los métodos y las redes con las que pretenden conquistar el partido.
El ciudadano observa esa pugna y reconoce un patrón conocido: dirigentes que antes militaron o crecieron en otros partidos, que después migraron a Morena y que ahora pretenden administrar sus candidaturas como patrimonio propio. No es ilegítimo cambiar de partido; lo cuestionable es utilizar un movimiento que nació con promesas de transformación para reproducir las mismas prácticas de control, reparto y subordinación que antes se criticaban.
El partido secuestrado
La crisis de Morena en Guanajuato no consiste únicamente en que existan corrientes internas. La pluralidad es normal en cualquier organización democrática. El problema aparece cuando las corrientes se convierten en facciones, cuando las candidaturas se negocian entre grupos cerrados y cuando la lealtad personal pesa más que la trayectoria, el arraigo o la capacidad de servicio.
En ese escenario, los aspirantes no son seleccionados por representar a la ciudadanía, sino por su utilidad para una jefatura política. Los aliados se convierten en operadores; los críticos, en adversarios; los militantes independientes, en obstáculos. El partido deja de ser un instrumento de participación y se transforma en una oficina de permisos: quién puede competir, quién debe esperar, quién merece una candidatura y quién queda excluido por no someterse.
La política de los favores puede ganar una interna; difícilmente gana una ciudad.
León no es una propiedad
León no pertenece a Sheffield, a Reyes, a ningún senador, a ningún grupo parlamentario ni a una estructura partidista. Tampoco pertenece al PAN, aunque ese partido haya gobernado durante décadas. León pertenece a sus ciudadanos, y son ellos quienes decidirán si Morena representa una alternativa confiable o apenas otra disputa entre élites políticas.
El PAN ha sobrevivido a sus propias crisis porque logró conservar una estructura territorial, una identidad política y una capacidad de competencia que Morena todavía no ha consolidado en la ciudad. Esa persistencia no debe confundirse con invulnerabilidad: los partidos pueden perder cuando dejan de escuchar. Pero tampoco Morena debe confundir el desgaste del adversario con una victoria propia. En 2024, el PAN volvió a imponerse con claridad en León, mientras Morena quedó lejos de la mayoría.
La soberbia del adversario puede ser una ventaja electoral, pero solo para quien tenga la inteligencia de construir una alternativa seria. Morena, hasta ahora, parece atrapado en el triunfalismo de sus voceros y en la lucha de sus caciques.
La ciudadanía frente a la partidocracia
Esta disputa interna forma parte de una crisis más amplia: la crisis de la partidocracia. La ciudadanía está cansada de que los partidos se presenten como vehículos de transformación mientras reproducen el mismo lenguaje de imposición, silencio y disciplina vertical. Está cansada de que las candidaturas se decidan en despachos y después se le pida votar como si hubiera participado en la decisión.
Por eso hay que hablar. Hay que participar. Hay que organizarse. La defensa de una república democrática no puede quedar en manos de quienes convierten los partidos en instrumentos privados de poder. La política debe recuperar su carácter público y abrirse a ciudadanos con arraigo, preparación, independencia y compromiso con el territorio.
Morena no es favorito porque sus voceros lo repitan. Será competitivo solo si es capaz de responder preguntas incómodas: ¿quién decide las candidaturas?, ¿con qué criterios?, ¿qué controles existen sobre los recursos?, ¿cómo se sancionan los actos de corrupción?, ¿qué lugar ocupa la militancia?, ¿qué espacio tienen los ciudadanos sin padrino político?
Mientras esas preguntas permanezcan sin respuesta, la frase “vamos a ganar” será solo una consigna.
Morena no está frente a una victoria inevitable. Está frente a una ciudadanía que ya aprendió a distinguir entre transformación y ambición personal. León no necesita nuevos caciques con discurso renovado; necesita una política capaz de devolverle la voz a la sociedad.

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