La ilusión del «Gobierno de la Gente»: Hacia una verdadera ontología de la participación pública
La ilusión del «Gobierno de la Gente»:
Hacia una verdadera ontología de la participación pública
En el debate político contemporáneo, la conceptualización del ejercicio del poder suele oscilar entre la tecnocracia distante y un populismo retórico que vacía de contenido las instituciones. El oficio político, cuando se reclama noble, no puede fundamentarse en abstracciones semánticas ni en eslóganes de campaña diseñados para la lisonja inmediata. Por el contrario, la verdadera participación en la vida pública exige un marco riguroso anclado en cuatro pilares interdependientes: una agenda de paz irreversible, una conciencia cívica crítica, el desarrollo regional policéntrico y el fortalecimiento comunitario desde abajo.
Cuando estos vectores se alinean, la política deja de ser un juego de suma cero y se convierte en una arquitectura de cohesión social. Sin embargo, la praxis política actual con frecuencia prefiere el simulacro.
Un error grave y sintomático de esta degradación discursiva es la insistencia de figuras del panorama subnacional, como Libia Dennise García Muñoz Ledo, al pivotar su narrativa gubernamental sobre el eje del «Gobierno de la gente». Lo que a primera vista se presenta como un axioma de cercanía y empatía democrática, revela bajo el microscopio de la teoría política una profunda y peligrosa falacia conceptual cuyas repercusiones institucionales son severas.
1. La disolución de la responsabilidad estatal
Adjetivar un gobierno como «de la gente» diluye la frontera de la responsabilidad jurídica y administrativa del Estado. Si el gobierno es «la gente», ¿ante quién se rinde cuentas? Se genera una falsa amalgama donde las fallas estructurales en seguridad, economía o infraestructura se socializan, mientras que el aparato burocrático se lava las manos bajo una supuesta horizontalidad idílica. La primera obligación del gobernante es asumir la asimetría de su posición: el monopolio de las políticas públicas y de la fuerza legítima debe responder a la ciudadanía, no mimetizarse discursivamente con ella para evadir la rendición de cuentas.
2. El reduccionismo clientelar y la pérdida de la conciencia cívica
La categoría abstracta de «la gente» despoja al individuo de su condición de ciudadano —un sujeto de derechos y obligaciones con capacidad de deliberación— y lo reduce a un receptor pasivo de benevolencia gubernamental. Al apelar a la masa informe en lugar de incentivar una conciencia cívica estructurada, se frena el desarrollo regional. El desarrollo no ocurre por la simple voluntad de un gobernante «cercano», sino mediante el fortalecimiento comunitario y el diseño de andamiajes institucionales donde las regiones negocien sus presupuestos y prioridades con base en criterios técnicos, no en el aplauso popular del día.
3. La erosión de la agenda de paz
En contextos donde la violencia fragmenta el tejido social, catalogarse como el «gobierno de la gente» resulta una ligereza retórica que erosiona la construcción de una agenda de paz real. La paz sostenible requiere la despolarización, el reconocimiento de las víctimas y el fortalecimiento de la ley. Cuando el discurso oficial se adueña de la identidad comunitaria mediante un eslogan, divide implícitamente el espacio público entre «la gente» que valida al régimen y los disidentes o críticos, quienes quedan excluidos de esa categoría.
Hacia una política de la trascendencia
El noble oficio de la política no se dignifica con mercadotecnia de proximidad. Se dignifica cuando se entiende que el poder es una delegación temporal y sagrada. El fortalecimiento comunitario no se logra haciendo sentir a la población que «está en el palacio de gobierno», sino dotándola de las herramientas económicas, educativas y de seguridad para que no dependa de las dádivas ni del humor del gobernante en turno.
Gobernar es coordinar las tensiones de una sociedad plural en busca del bien común. Aquellos actores políticos que insistan en gobernar desde la superficie del eslogan —creyendo que humanizan el poder al llamarlo «de la gente»— terminarán descubriendo que la realidad social, cruda y demandante, no se resuelve con retórica vacía, sino con instituciones sólidas, justicia distributiva y una verdadera conciencia de Estado.
Hablemos.
Erick Xavier Huerta S.
Consultor, comunicador y promotor de desarrollo humano y sostenible.
Participante en la vida pública desde una agenda de paz, conciencia cívica, desarrollo regional y fortalecimiento comunitario.

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