La batalla encarnizada por Celaya

 

La batalla encarnizada por Celaya

Por Mtro. Erick Xavier Huerta S.

Semiología política, conciencia cívica y análisis de coyuntura.

Hay memorias que la política local prefiere enterrar bajo el peso de la ambición desmedida y la conveniencia del momento. En Celaya, la memoria colectiva guarda una herida profunda, pero la memoria del grupo en el poder parece haber sufrido una amnesia selectiva sorprendentemente rápida.

Hagamos memoria sin anestesia.

Tras el atroz e imperdonable asesinato de la candidata Gisela Gaytán, un manto de terror e incertidumbre paralizó a la oposición local. En aquel momento de máxima tensión, donde el miedo no era una metáfora sino una amenaza real y latente, los hoy valientes y desbordados aspirantes se acobardaron. Nadie quería dar el paso al frente. Nadie quería asumir el costo político, personal y humano de encabezar una contienda envuelta en la tragedia.

Fue Juan Miguel Ramírez Sánchez quien dio un paso adelante. Nos guste o no, coincidamos o no con su gestión, la realidad histórica es innegable: quien dio la cara fue Juan Miguel, y quien le dio el triunfo a Morena en Celaya fue Juan Miguel.

Hoy, el escenario ha cambiado. La tormenta inicial pasó y el botín institucional está servido sobre la mesa. Con el camino pavimentado y la alcaldía conquistada, la hipocresía política ha alcanzado niveles dantescos. Los mismos que en el momento de la crisis se escondieron tras las cortinas del cálculo político, hoy se agolpan en la fila para arrebatarle el timón.

La escena raya en lo grotesco:

  • La diputada Edith Moreno, que prefirió la comodidad y el resguardo de la retaguardia cuando Celaya ardía, hoy exige la presidencia municipal como si le correspondiera por derecho divino.

  • El delegado de Bienestar, Gerardo Sierra, que administró su distancia estratégica en los momentos oscuros, hoy se descubre una repentina “vocación de servicio” para despachar desde el palacio municipal.

  • Su propio Secretario del Ayuntamiento, alimentado dentro del mismo proyecto, hoy maniobra en las sombras para desplazar a quien le abrió la puerta.

Ahora resulta.

Resulta que los socios, aliados y compadres de ruta —quienes no tuvieron el valor de sostener la bandera en el momento más crítico— hoy pretenden erigirse como los “auténticos representantes” del cambio y despojar a Juan Miguel Ramírez de la posibilidad de someter su mandato a la reelección ante la ciudadanía.

La reelección, en su concepción democrática original, no es un cheque en blanco ni un privilegio de cúpula: es el mecanismo republicano mediante el cual el pueblo evalúa, premia o castiga a quien tuvo las agallas de gobernar. Si la ciudadanía de Celaya considera que la gestión de Juan Miguel ha sido deficiente o acertada, le corresponde únicamente a la ciudadanía manifestarlo en las urnas.

Lo que resulta éticamente impresentable es que la definición de la candidatura no se busque ganar con trabajo o respaldo social, sino mediante una emboscada palaciega orquestada por aquellos a quienes el miedo les impidió dar la cara cuando Celaya más lo necesitaba.

La política celayense exige madurez, temple y, sobre todo, congruencia. La ambición desmedida no sustituye al valor demostrado en los momentos de crisis. Pretender desbancar a quien asumió el riesgo que ellos no quisieron correr no solo revela la pequeñez moral de sus aliados; deja al descubierto la faceta más amarga de la hipocresía política local.

Celaya no necesita gobernantes de ocasión que solo aparecen cuando el mar está en calma. Merece memoria, dignidad y políticos que sostengan con valor lo que pretenden administrar con ambición.

¿Qué opinas de la coyuntura política en Celaya?

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