La falsa victoria de la popularidad: cuando el gobierno confunde propaganda con resultados

La falsa victoria de la popularidad: cuando el gobierno confunde propaganda con resultados



Por Erick Xavier Huerta

En México, el discurso del poder ha quedado atrapado en una noción profundamente equivocada: la creencia de que la popularidad equivale a legitimidad, eficacia o buen gobierno.

No es así.

Nunca lo ha sido.

El gobierno federal instruye—de manera abierta o soterrada—a su estructura burocrática, simpatizantes digitales, voceros informales e “influencers” financiados por recursos públicos a que difundan encuestas cuyo único propósito es sostener una narrativa: la presidenta es muy popular.

Lo mismo ocurrió con el expresidente López Obrador.

La popularidad, por sí sola, no es un mérito.

Tampoco es un resultado de gobierno.

Es apenas un indicador de percepción momentánea, moldeada muchas veces por propaganda y recursos públicos.

Convertir encuestas en trofeos políticos es un acto de manipulación que distrae del hecho más evidente: el gobierno no está cumpliendo sus promesas fundamentales.

Hoy, México vive una ola de violencia que golpea a todos por igual:

– regidores,

– alcaldes,

– diputados y senadores,

– funcionarios públicos,

– comunicadores y periodistas,

– jóvenes,

– madres buscadoras,

– ciudadanos comunes.

Los homicidios y desapariciones no distinguen partidos ni colores. Y sin embargo, la maquinaria oficial prefiere celebrar gráficas de “aceptación” antes que presentar estrategias reales para recuperar el Estado de derecho.

Nunca en la historia democrática moderna se había normalizado tanto que empleados públicos y operadores políticos convertidos en opinadores digitales dedicaran sus jornadas a blindar la imagen presidencial, a justificar lo injustificable y a repetir un guion de “todo va bien” que contrasta brutalmente con la realidad de las calles.

El mensaje que transmiten es peligroso:

Mientras seas popular, tu gobierno se considera exitoso.

Y mientras las encuestas te favorezcan, los problemas dejan de existir.

Esa lógica es una trampa.

Peor aún: es una mentira.

La popularidad no reduce la violencia.

La popularidad no reconstruye instituciones.

La popularidad no devuelve la paz.

La popularidad no resuelve feminicidios ni desaparecidos.

La popularidad no garantiza justicia.

La popularidad no repara familias.

La popularidad no gobierna: la propaganda sí.

El país no necesita presidentes populares.

Necesita presidentes capaces.

Necesita gobiernos que rindan cuentas, no cortes de aduladores.

La sociedad mexicana ya no puede tolerar esta confusión perversa entre simpatía pública y resultados. La realidad es más dura, más urgente y más trágica que cualquier encuesta semanal financiada por operadores del régimen.

Hoy, la pregunta no es cuánta gente aprueba al gobierno.

La pregunta es:

¿Queda en México un solo ciudadano que no merezca vivir sin miedo?

Porque mientras sigamos encerrados en debates de popularidad, la violencia continuará avanzando, la impunidad seguirá reinando y la sociedad se fracturará aún más.

Ya basta.

El país exige hechos, no aplausos.

Resultados, no propaganda.

Estado de derecho, no adulación política.


México no necesita un gobierno popular.

Necesita un gobierno que proteja la vida.

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