La Cuarta Transformación: crisis, desgaste, ingobernabilidad, corrupción, mentiras, robos y traiciones.
La Cuarta Transformación: crisis, desgaste, ingobernabilidad, corrupción, mentiras, robos y traiciones.
En Morena se ha instalado una práctica preocupante: evitar la confrontación con la realidad. Y sin definir la realidad, no hay posibilidad de progreso. El primer deber de cualquier liderazgo serio no es construir narrativa, sino nombrar con precisión aquello que ocurre, incluso cuando incomoda.
El gobierno de Andrés Manuel López Obrador prometió pacificar al país. Sin embargo, su administración terminó convertida en el sexenio más violento de la historia reciente. No es una percepción: es un hecho verificable. Las víctimas, como siempre, han sido los sectores más vulnerables.
También prometió una transformación económica que aliviaría el costo de vida. Se habló de gasolina a diez pesos; hoy la realidad es otra. No se trata de un error de cálculo, sino de una narrativa utilizada sin responsabilidad frente al electorado.
En materia de corrupción, el discurso fue aún más categórico: erradicarla. Pero los hechos contradicen esa afirmación. Casos como el de Segalmex, uno de los mayores escándalos de desvío de recursos en los últimos años, exhiben que la corrupción no desapareció; simplemente cambió de manos.
A esto se suman múltiples señalamientos de uso faccioso del poder, procesos internos cuestionados y una creciente concentración de decisiones en círculos cerrados. Morena, que nació como una alternativa, corrió el riesgo de reproducir las mismas prácticas que criticó. Así fue.
El problema no es únicamente político, es institucional. Cuando un partido se asume como dueño de la verdad, deja de rendir cuentas. Y cuando deja de rendir cuentas, comienza su deterioro.
Hoy, Claudia Sheinbaum enfrenta el desafío de gobernar bajo la sombra de esa narrativa. El silencio frente a inconsistencias del pasado no fortalece su liderazgo; lo compromete.
A esto se suma una de las crisis más dolorosas del país: las desapariciones. México vive una realidad donde miles de familias buscan a sus seres queridos en medio de la indiferencia institucional. No es un tema menor ni accesorio: es una herida abierta que cuestiona cualquier discurso de transformación.
El contraste es evidente: mientras se construyen obras emblemáticas y se refuerza una narrativa de éxito, persisten problemas estructurales que no han sido resueltos. La distancia entre discurso y realidad se ha convertido en el principal factor de desgaste.
Más preocupante aún es el papel de ciertos sectores académicos y analistas que, lejos de cuestionar el poder, lo justifican sistemáticamente. No estamos frente a un debate riguroso, sino ante una forma de racionalización ideológica del poder, donde los hechos incómodos son minimizados o reinterpretados para sostener una narrativa.
La discusión pública en México no necesita más defensores de narrativas, sino intérpretes honestos de la realidad.
Porque cuando la realidad se niega, no desaparece…
se acumula.
Y cuando finalmente se impone, no distingue entre gobiernos, partidos o ideologías.
Mi posición no es de oposición ni de militancia.
Es de responsabilidad frente a lo público.
Nombrar la realidad no es un acto político.
Es un acto de integridad.
Hablemos.
Erick Xavier Huerta

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