Morena: del proyecto de regeneración a la administración del poder faccioso

 

Morena: del proyecto de regeneración a la administración del poder faccioso



Morena llegó al poder con una promesa moral: acabar con la vieja política, desterrar la corrupción, abrir las puertas de la participación ciudadana y devolverle al país una vida pública menos cínica. Esa fue su gran narrativa de origen. Y precisamente por eso su fracaso actual pesa tanto: no solo decepcionó a sus adversarios, también decepcionó a quienes creyeron, respaldaron y defendieron el cambio. La tragedia no es que Morena haya perdido pureza; la tragedia es que convirtió el discurso de la regeneración en un mecanismo de control, reparto y conveniencia.

La evidencia ya no puede ocultarse detrás del relato. Morena terminó engordando sus filas con cuadros del PRI, PAN, PRD, Verde, Movimiento Ciudadano y otros espacios que antes denunciaba con severidad. Lo que debía ser una ruptura se convirtió, en muchos casos, en una recolección pragmática de sobrevivientes del viejo régimen. No hubo una depuración ética ni una renovación institucional profunda. Hubo, más bien, una absorción de los mismos vicios con nuevas siglas. Y eso explica por qué tantos de los que hoy hablan de unidad han pasado antes por todos los colores, han roto con todos por conflicto, división o simple oportunismo, y ahora pretenden exigir disciplina como si jamás hubieran formado parte del problema.

La unidad, en Morena, se ha vuelto una palabra útil para encubrir el reparto. Se invoca en público mientras en privado se distribuyen candidaturas, posiciones y encargos entre grupos cerrados, incondicionales y beneficiarios del sistema interno. La lógica es clara: primero se asegura el control, luego se llama a la concordia. Pero la democracia interna no funciona así. La unidad genuina no nace del sometimiento de los demás, sino de reglas claras, competencia real y confianza pública. Cuando el partido se administra como patrimonio de unos cuantos, la unidad deja de ser un ideal y se vuelve una consigna vacía.

El partido que decía no ser de Estado

Morena prometió que no sería un partido de Estado. Hoy, sin embargo, muchos ciudadanos perciben exactamente lo contrario: una estructura que se confunde con el gobierno, que coloniza instituciones, que protege a sus cuadros y que tolera prácticas de control político que antes condenaba. No se trata solo de simpatía ideológica o de mayoría electoral; se trata de una forma de operar que subordina la deliberación interna al interés del grupo dominante.

Ahí está el problema de fondo. Cuando senadores, diputados y funcionarios se sienten dueños del partido, la militancia deja de ser comunidad política y se convierte en clientela. Cuando las candidaturas se reparten entre familiares, allegados, cónyuges, incondicionales y operadores de confianza, el discurso de transformación se vuelve una simple fachada. Y cuando se tolera que algunos funcionen como lacayos, esbirros o esquiroles del grupo en turno, el daño no es solo moral: es institucional.

Las promesas que ya no sostienen el relato

Las grandes mentiras han ido cayendo una a una. Desde los pronunciamientos de López Obrador sobre erradicar la corrupción de raíz, hasta la realidad cotidiana de un poder que acabó normalizando la misma lógica que juró superar. La corrupción no desapareció; se reacomodó. El cinismo no fue desterrado; fue refinado. El uso faccioso del poder no terminó; simplemente cambió de manos.

Lo mismo ocurrió con otras promesas emblemáticas. Se ofreció una gasolina a 10 pesos por litro, se utilizó el tema del fracking para movilizar votos y después se abrió la puerta a lo que antes se condenaba. Se dijo una cosa para ganar confianza y luego otra para justificar la imposibilidad de cumplir lo prometido. Ese tipo de política no solo desgasta la credibilidad: corroe la idea misma de representación democrática. Porque pedir el voto apelando a principios y luego gobernar con conveniencia no es evolución; es fraude moral.

Guanajuato: el espejo local de la captura

En Guanajuato, esta crisis se ve con especial claridad. Se habla de encuestas, de apertura y de participación, pero detrás persiste la lógica de los grupos que deciden quién pasa y quién no pasa, como si el partido fuera una aduana política administrada por cadeneros del poder. La historia reciente lo demuestra: funcionarios que desoyeron reglas internas, aspirantes que se movieron por encima de prohibiciones expresas, liderazgos que actúan como si la estructura partidista les perteneciera.

El caso de quienes han ido y venido entre cargos, candidaturas, encargos públicos y reacomodos internos no es anecdótico. Es un síntoma. Cuando el partido se convierte en una ruta de ascenso para unos cuantos apellidos y no en un espacio de formación política abierta, la democracia interna muere. Y cuando eso pasa, la militancia lo nota. La gente no es ingenua. El pueblo ya registró la incapacidad, la falta de resultados, la soberbia burocrática y el reparto faccioso del poder.

Morena ante su propio desgaste

Morena no está siendo derrotado solo por sus opositores. Se está desgastando por su propia contradicción. Nació como fuerza de regeneración y terminó operando como una nueva élite política que utiliza el lenguaje del pueblo para perpetuarse en el poder. Nació diciendo que acabaría con la mafia, y hoy muchos lo observan como una versión renovada de esa misma mafia, con otros apellidos, otros tonos y la misma lógica de exclusión.

Eso explica el descontento creciente. No es solo decepción electoral; es hartazgo moral. Es la sensación de haber visto caer una por una las promesas, los símbolos y las narrativas que sostenían al proyecto. Cuando una fuerza política llega al poder hablando de principios y termina comportándose como el viejo régimen, el golpe para la ciudadanía es mucho más profundo que una simple pérdida de simpatía: es una fractura de confianza.

Morena quiso presentarse como la alternativa al gatopardismo mexicano. Pero terminó produciendo algo peor: una simulación más cínica, más amplia y más descarada. Porque ya no se trata solo de que nada cambie; se trata de que el cambio fue usado como promesa para capturar al país, y luego administrarlo con la misma lógica de siempre.

Erick Xavier Huerta S.
Periodista y Estratega en Transformación Humana
Consultor en Desarrollo Sostenible

Speaker Internacional · Voz Divergente

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